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En la mitología griega, las sirenas eran criaturas con la cabeza de una mujer y el cuerpo de un pájaro. Su apariencia física evolucionaría con el tiempo. En principio, eran representadas como seres alados, con cara humana y cuerpo de ave. Su transformación en criaturas mitad pez y mitad mujer, se remonta (aparentemente) a la Edad Media y a las leyendas celtas y germánicas. Vivían en una isla y con el irresistible encanto de sus canciones atraían a los marineros a las destructivas rocas que rodeaban la isla.
Cuentan que cuando escuchas una sirena cantar, sientes un hechizo especial. Quien las escucha, quiere quedarse con ellas para siempre. Sin embargo, si un hombre es capaz de oírlas sin sentirse atraído por su |
canto, una de ellas debe morir. Dicen que esto fue lo que sucedió con Ulises, que obligó a todos sus marineros a taparse los oídos y a atarle al mástil del barco para no poderse mover cuando escuchara sus cantos. Como consecuencia de ello, una sirena tuvo que morir: Parténope.
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Fue enterrada con honores en la playa y el lugar donde fue enterrada dicen que se transformó en Nápoles, llamada antiguamente Parténope.
Las sirenas son los seres legendarios más conocidos, seguidos de las ondinas y de las ninfas.
Para los griegos antiguos eran los espíritus elementales del agua. Sin embargo, su verdadero origen es difícil de averiguar. Se dice que la primera mujer-pez fue conocida como Atargatis, diosa de la Luna, protectora de la fecundidad y el amor. Fue perseguida por Mopsos y se sumergió en el lago Ascalón con su hijo. Se salvó gracias a su cola de pez.
Esta leyenda se confunde con la de la diosa siria Derceto, quien también se arrojó a las aguas del mismo lago tras matar a uno de sus sacerdotes y abandonar a su hija. |
Derceto recibió la cola de pez como símbolo de su pecado y su hija fue criada por las palomas convirtiéndose en Semíramis, reina de Babilonia.
Hic sunt Sirenae (aquí están las sirenas).
Hasta en los mapas del Renacimiento podía leerse esta frase, en latín, en medio del área destinada al Océano.
Incluso Cristóbal Colón aseguró que sus hombres y él las habían visto, aunque no tan bellas como cuentan las leyendas.
En 1823, en la Antártida, también se contó haber visto una sirena. Ésta tenía el caballo de color verde. En 1869, otra sirena con el cabello azul apareció en las Bahamas.
Para la mitología griega, las sirenas viven en una isla del Mediterráneo.
¿Leyenda o realidad?
Quizás en algún viaje puedas ver alguna.
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